De límites y razones

Esto de dejar de abiertamente de lado la exclusividad sexual no es algo para lo que uno esté preparado culturalmente: la educación que recibimos sólo nos da herramientas para manejar la situación de dejarla de lado encubiertamente. Y en realidad, el plural es exagerado: nos dá una sola herramienta, sentirnos culpables. Nunca entendí cómo funciona el asunto, pero es como funciona la cosa para mucha gente.

La cuestión es que para llegar a reconciliarse con la idea de pasar deliberadamente por alto los límites generalmente aceptados, primero hay que pasar por el sendero de los “¿por qué?”. Planteado desde mi perspectiva, los más prominentes son:

  1. El del egocentrismo: ¿Por qué dejar que otros disfruten del placer que Julia pueda regalarles? Refregarme contra Julia es lo que más me gusta en el mundo, ¿por qué compartirlo?
  2. El de la inseguridad: ¿Por qué aceptar que Julia reciba placer de otros? ¿Y si de golpe le gusta más que mis caricias? Mi autoestima de macho argentino depende, al fin y al cabo, de la frágil noción de que soy todo lo que Julia necesita sexualmente.
  3. El del miedo: ¿por qué arriesgarnos a algo desconocido, a mirar en una dirección que la mayoría de las personas prefiere evitar? El sexo con Juila es maravilloso, no necesito más que a ella. Entrar aquí significa abandonar la seguridad del rebaño. Si Julia “me engañara“, al menos me queda el consuelo de que otros mostrarían empatía con mi desgracia. Pero a partir del momento en que no nos engañamos, sino que actuamos en mutuo consentimiento, todo pasa a ser “sin red de seguridad”, como los trapecistas.

Seguramente hay respuestas sesudas, revolucionarias, transgresoras, filosóficas y libertarias a todas estas preguntas, y probablemente estaría de acuerdo con todas ellas. Pero la respuesta más simple, más contundente e irrefutable es la de la razón que no atiende razones: el deseo.

Me calienta sentir a Julia entregada al placer, me excita verla besar a otra mujer, sentir en mi propio sexo, enterrado en el suyo, el desenfreno que le producen tres lenguas simultáneas sobre su cuerpo, disfruto que invite a otra mujer a regalarme placer recorriendo juntas el mío. Me pone al palo que sea tan desenfadada de aceptar una invitación similar mientras tengo mi cabeza entre sus piernas, o de acompañarme a recorrer el cuerpo de otra mujer.

Esencialmente, es parte del modo en que hacemos el amor. Es algo que elegimos, sí, pero lo elegimos porque es parte de lo que somos: no necesito más que a Julia, pero esto es parte de ella, es parte de mí, y reprimirnos sería quedarme con menos de lo que Julia es y mezquinarle parte de mí. El deseo es un dictador despiadado. No obedecerle sería mentirnos, y no queremos mentirnos.

Claro que acá no se acaban los por qués, porque trascender un límite no quiere decir que ya no hay más, solamente que aún no conocemos cuáles son los nuevos. Y cuando lleguemos a ellos, seguramente aparecerá de nuevo la pregunta de por qué cruzarlos, o por qué no.

Cuando esto ocurra, espero que tengamos la sabiduría y presencia de ánimo de mantener al deseo como nuestro guía: podemos hacer todo lo que deseemos, y no hay razón para hacer algo que no querramos. Ni siquiera es razonable asumir que vamos a repetir algo que en algún momento deseamos: algo que pasó en determinada situación con determinada gente no tiene por qué provocarnos el mismo deseo con otras personas, o en otro momento.

Larga vida a la razón suprema: “porque tengo ganas“.

Una respuesta hacia “De límites y razones”

  1. [...] el punto, supongo que se trata de una decisión en la que, una vez más, primará el deseo: un deseo que se construirá a partir de la confianza que le hayas ganado a esa persona (en [...]

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